"Meditaciones en el Monasterio de Miramar"

Autor del libro: José María Sevilla Marcos, médico.

En  el mundo de hoy:

CUÁL ES EL ASUNTO MÁS IMPORTANTE DE SU VIDA?

Imagínese usted que está en una situación de peligro; por ejemplo que va en un barco que se hunde, o que está en un edificio en llamas. Lo que hará enseguida será intentar ponerse a salvo. Si está con seres queridos, incluso arriesgará su vida por salvarlos antes que a usted. Es el instinto de conservación que se extiende a través del amor. La humanidad ha sobrevivido gracias a esto.

En la vida cotidiana también lo practica usted, aunque no esté en situación de alto riesgo; por ejemplo, cuando va al médico o lleva al médico a un familiar para tratar una enfermedad, o para prevenir males mayores. Lo que queremos todos, salvo excepciones reducidas, es seguir viviendo lo mejor posible, y aquí entramos en la gran cuestión.

Usted como yo, como todos, vamos a morir. El tema capital es si vamos a vivir después de la muerte, como aseguran la mayoría de las religiones. Si esto no fuera así, entonces la cosa sería muy diferente.

El mundo occidental ha construido su sistema de relaciones interpersonales en la seguridad de que hay un más allá tras la muerte, cosa que también sucede en la mayoría de las culturas de todo el planeta, de todos los tiempos. Los templos y los cementerios de las diferentes religiones se extienden por todas partes, en la creencia de ese más allá.

La primera acepción de la palabra “alma” en el diccionario de la “Real Academia de la Lengua Española” dice así: <>. Usted podrá estar en desacuerdo con todo o con parte de esta definición, pero más o menos durante milenios ha prevalecido este concepto.

Ahora, determinada ciencia ha prescindido de todo lo relacionado con el alma humana, ya que ésta no es tangible, es decir no se puede manipular, medir, pesar, cuantificar. No existe ningún procedimiento ni instrumento para apreciar físicamente su realidad. Ello ha ocasionado el que se cuestione su existencia y se ha propagado el materialismo, que hunde sus raíces en la concepción de que la evolución ha determinado la aparición del entender, del razonar, del querer, del sentir, es decir, de las funciones del psiquismo propias de la especie humana. Según esa ciencia la persona es materia, todo cuerpo, no tiene espíritu. La materia, en el juego del azar, ha ido “formando” por sí misma seres y especies más superiores, sin intervención de un ser superior externo, infinito, como aseguran, por el contrario, las religiones monoteístas (las de los judíos, cristianos y musulmanes).

Según esa ciencia la selección natural suprime a los seres no válidos, sobreviviendo los más dotados, llegando a la persona humana, sin la intervención de un creador, un ser supremo externo.

No toda la ciencia está de acuerdo con lo que he escrito en los dos párrafos anteriores, porque lo dicho en ellos pertenece a una ciencia sectaria, prescindiendo de la metafísica que estudia el ser de las cosas, no solo los fenómenos que aparecen en las cosas, que es el mundo de la física.

Pero todo es cuestión de fe. Porque lo que se dice de la evolución sin Dios y sin alma humana inmortal no pasa de ser una fe en creencias imposibles de demostrar y en parte absurdas. ¿Cómo se puede formar seres superiores de los inferiores si no hay un “Logos supremo” que encadene la evolución? La evolución existe, la mayoría de los pensadores creen en ella, pero dirigida y sostenida por el que todo lo puede. Eso ya lo vieron en la Grecia antigua los más preclaros pensadores de la humanidad, 2400 años antes que Darwin, cuando aquellos describieron la escala de los seres.

Y en cuanto al alma inmortal, vinculada a Dios hacia la eternidad, no puede entenderse desde nuestra psicología porque estamos condicionados por el tiempo. La eternidad está en otra categoría, otra escala cualitativa, que no puede aprehenderse en la existencia terrena. Pensar equivocadamente que la eternidad trascurre día tras día, año tras año, siglo tras siglo, nos asusta y con razón, porque intuimos que podríamos caer en el aburrimiento o en el miedo a lo infinito.

Por el contrario, todos hemos sentido el deseo de eternidad en aquellos momentos felices de nuestra existencia, como si ya estuviéramos en la eternidad. Fue cuando estuvimos anhelando a Dios, aunque posiblemente sin darnos cuenta de Él, a través de personas que quisimos muchísimo, con la experiencia del amor más puro de nuestra vida.

Dios existe y mi vida va hacia Él, y mi corazón inquieto no reposará hasta que descanse en Él. Es el tema más importante de nuestra existencia; le invito a que reflexione.

 

 

¿CUÁL ES LA PREGUNTA MÁS IMPORTANTE PARA USTED?

 

Autor: José María Sevilla Marcos

 

            Descartes, el famoso filósofo francés del siglo XVII, acuñó la famosa frase: “pienso, luego existo”, origen del racionalismo, en la creencia de que había encontrado el punto de partida del camino para razonar matemáticamente, y así poder deducir y explicar todo lo que existe.

            Yo no pretendo tanto, porque además Descartes fracasó en su intento, aunque hay que reconocerle que trastornó el pensamiento de los siglos posteriores y el actual, desembocando en el relativismo y el materialismo que  ahora padecemos.

            Yo lo que le traigo a usted en este artículo, querido lector o lectora, es una buena pregunta que he sacado también de la filosofía y que dice así: “¿Qué va a ser de mí…?”

            Porque todos, aunque no nos demos cuenta, nos la hacemos continuamente. Está en el subconsciente de forma permanente. Sale a la superficie de la conciencia en situaciones de peligro, cuando caemos enfermos, ya de niños cuando no encontrábamos a nuestra mamá, de mayores cuando perdemos el empleo o cuando, de viejos, desaparece nuestro ser querido del cual dependemos moral o económicamente para vivir.

            Le he puesto solo unos cuantos ejemplos de la capa superficial del subconsciente, pero ahora voy a bajar más abajo, en esta incursión por las profundidades de nuestra personalidad, como si fuéramos espeleólogos, exploradores de nuestra radical intimidad.

            Cuando perdemos la estabilidad del suelo, en los terremotos por ejemplo, se produce un estado de pánico, porque, como decía Ortega y Gasset, el suelo es el referente principal de nuestra realidad y seguridad física. Pero más abajo todavía nos encontramos con el pensamiento de la muerte, que a todos en general nos causa un miedo metafísico, como dice Joseph Ratzinger, el actual Papa.

            Hemos alcanzado el meollo de nuestra personalidad porque aquí entramos en contacto con la Verdad. Es el “sitio” de nuestra “mismidad”, donde toda persona encuentra a Dios. Es la “base no física” de la espiritualidad, de la religión, de la “teología natural” y es el “punto de conexión y reflexión del comportamiento”, de las relaciones con el resto de los humanos, es decir de la conciencia moral o ética.

            No digo que todas las religiones sean iguales, porque muchas atentan contra las personas, esclavizan, destruyen; por ejemplo las religiones paganas de nuestro tiempo. Hoy se adora al demonio, que con el terrorismo promete: “si matas a personas inocentes poseerás estas tierras”. Se adora al dinero, a la sexualidad, a la ciencia desviada y a tantos y tantos dioses y diosas que exhiben poder: armas, drogas, muerte. Pero cada persona posee ese núcleo que conecta directamente con esa tremenda pregunta: “¿qué va a ser de mí? y que le pone delante de Aquel que nos salva, que dijo “todo el que es de la verdad, oye mi voz”.

 

            

ES USTED UN ANIMAL?

 

                Usted contestará que sí, que es un “animal racional”, como lo escribió Aristóteles, hace unos 2400 años. Pero esto, hoy en día, no es tan sencillo, porque se puede comprobar que los animales “no racionales” y ciertas computadoras también “razonan”. Lo que sí es verdad es que solo la persona humana es capaz del “logos”, del razonamiento más allá de lo físico, de lo metafísico, que fue lo que verdaderamente dijo Aristóteles con otras palabras. Pero, además, Aristóteles y antes su maestro Platón “descubrieron”, por deducción racional, que la persona posee un alma inmortal, y que existe un solo Dios, al que se le ha llamado después el “Dios de los filósofos”, que coincide con el “Dios revelado” de judíos, cristianos y musulmanes.

Sin embargo, ahora, en Europa, en América y en Asia preferentemente, muchos afirman que Dios no existe y que la persona no tiene alma inmortal. Es decir que, cuando morimos, ocurre igual que cuando muere nuestro perro, que desaparece para siempre y que su cuerpo se terminará confundiendo con la naturaleza.

Por el contrario, Ramon Llull, que tan admirado es ahora, escribió que la persona humana no desaparece tras la muerte y que en esta vida terrena la persona es hominificativa, hominificable y hominificar, a imagen, semejanza y dependencia de la Trinidad de Dios que está siempre en acción. Las potencias del alma humana son para Llull: memoria, entendimiento y voluntad. Esta última relacionada con el amor.

La persona no es el único ser que puede amar de forma natural, porque las madres y los padres de los animales también aman naturalmente a sus crías y a los miembros de su grupo cuando son sociables, igual que ocurre con las personas.

Hemos llegado, pues, al punto en el que usted, querido lector o lectora, tendrá que reconocer que también es un superviviente en un círculo amoroso, como el de los animales, que son amparados, protegidos, alimentados por sus madres y en algunos casos también por sus padres y miembros de su grupo social.

Y ahora le toca elegir. O se queda con Aristóteles, Platón y Ramon Llull, o bien con el animal humano amoroso, inteligente, sociable, con sus recuerdos, sus experiencias, sus virtudes y sus vicios, pero que desaparece de toda existencia al morir.

Lo malo es que usted no puede elegir. Usted es libre de pensar lo que quiera, pero elegir, lo que se dice elegir, usted no lo podrá hacer, porque su vida ya viene impuesta; o bien por la evolución de la materia por sí misma, o por el Dios trascendente. Como unos dicen una cosa y otros la otra, o cree a unos o cree a otros. Al final todo es cuestión de fe. Los ateos “creen” en que el pensamiento, el amor y todo lo humano es debido al azar y a la necesidad y se extingue al morir, por el contrario los que “creen” en Dios y la vida tras la muerte, ya saben a qué atenerse porque está al alcance de todos.

Hay otras formas de interpretar lo más importante de nuestra existencia, por ejemplo, quien cree que Dios es creado por la humanidad; que Dios lo es todo, cosmos y Dios, y eso se llama panteísmo; también quienes creen en la transmigración de las almas: ahora eres mujer, pero antes has sido vaca…, por dar unos ejemplos.

Sin embargo, lo que abunda hoy en día es la creencia de que con la muerte desaparece toda existencia. Sin ánimo de ofenderle, si usted tiene esa creencia, le diré que usted piensa que es un noble animal que desaparecerá, tarde o temprano.

Pero esto lo puede revisar, porque hace 2000 años un hombre cambió la humanidad. Le cuento lo que escribió Platón 400 años antes de él: “Dirán, pues, que en esas circunstancias será atormentado, flagelado, encadenado, y después lo crucificarán…”. Sorprendente, ¿verdad? Vuelva a leer este párrafo y se sorprenderá más…

 

Pero este crucificado que murió por todos para resucitarnos, es el Señor de la Historia y por eso le pido a Él, por usted y por mí: “Señor acuérdate de nosotros, ahora, que estás en tu reino”, que es lo que dijo, más o menos, el buen ladrón en el calvario. Y Él le contestó y nos contestará, cuando llegue nuestro momento: “hoy estarás conmigo en el paraíso”.

¿CUÁL ES LA PALABRA MÁS IMPORTANTE DE TODAS?

            Todos somos dependientes. Dependemos unos de los otros. Cuando sentimos la marginación nos damos cuenta de esta verdad. Ahora está de moda la palabra angloamericana “mobbing” que ha tomado el significado de acosar, marginar y maltratar a una, varias o multitud de personas en el trabajo, en los grupos de amigos, entre chicos y chicas, en el colegio, en las universidades, en los clubes deportivos, en los cuarteles, en los partidos políticos, pero también en las residencias de la tercera edad, en las cárceles y en los bajos fondos de la delincuencia y la criminalidad.

            Es un fenómeno sociológico universal. Se produce a todos los niveles sociales y en todas las edades, desde la infancia hasta la senectud. Toda la vida nos la pasamos evitando quedar “descolgados” de familiares, de amigos, compañeros, superiores o inferiores, en el trabajo o en los hobbies. Incluso en las cumbres de lo social, en donde mandan los poderosos, el líder lo es porque ha conseguido que los otros del grupo, grande o pequeño, le sigan o le obedezcan de alguna manera. La gran pérdida de poder de todo líder se debe a que ha caído en desgracia, “es un cadáver político”, o en la mafia consideran que “está acabado”, por poner solo dos ejemplos.

            Pero a otra escala más profunda y más radical, más universal todavía, toda persona en la vida se halla perdida, como oveja sin pastor cuando llega el momento, que siempre llega. Es la “angustia vital” que a todos nos acontece, aunque tengamos familiares maravillosos y amigos estupendos, poder y gloria en lo profesional y en la sociedad, porque todos estos conjuntos de apoyos son efímeros. He hablado de los triunfadores, porque en los desgraciados, en los desahuciados de la salud o de la sociedad resulta patente.

            No estoy hablando de la angustia-depresión de causa biológica y endógena por trastorno de nuestros neurotransmisores cerebrales, ni tampoco por causa de acontecimientos traumáticos psicológicos que nos van a ocasionar una depresión más o menos extrema. Estos casos son enfermedades que tienen tratamiento, médico psiquiátrico o psicológico.

            A lo que me estoy refiriendo ahora es de eso otro, de que todos somos descarriados y desamparados si no sabemos encontrar el camino adecuado. Aquí hay que meternos en el meollo de la persona humana y de la humanidad.

            El pensamiento humano no ha podido descubrir a lo largo de toda la historia el nombre de aquel a quien tenemos que agarrarnos, como un salvavidas en el verdadero mar tenebroso de nuestra existencia. Al pueblo hebreo tampoco le fue revelado su nombre. Fue Jesucristo el único que lo nombró. Y a ese Ser Supremo lo presentó como Padre, su Padre, unido a Él desde la eternidad y para toda la eternidad, y este Jesucristo murió por sus hermanos, por usted y por mí, y por todos los demás, y aunque usted no lo crea, nos enseñó que teníamos que hablar con Aquel, reverenciando su nombre: PADRE. Y no Padre mío o de usted, sino nuestro, porque aquí no hay marginación, no hay “mobbing”. Y porque no lo hemos hecho así, hemos marginado y acosado a nuestros hermanos que pasan hambre, más de mil millones en el mundo de ahora.

 ¿Con qué derecho vamos a llamar a nuestro Padre, PADRE NUESTRO? Con el derecho comprado con la sangre de ese crucificado, del más radicalmente abandonado de toda la humanidad.

 

 Si a usted no le interesa este tema, sepa que tarde o temprano tendrá que enfrentarse a él. Quien no está con Jesucristo está contra Él, el que nos ha enseñado la palabra más importante para toda la humanidad: PADRE.   

PAGANISMO CONTRA CRISTIANISMO

 

El paganismo se ha reintroducido progresivamente hasta ocasionar un alto grado de descomposición de valores en toda Europa, y en España de forma muy acusada.

Pongamos unos cuantos ejemplos:

            El terrorismo, como fenómeno reciente que está sustentado por una “religión” diabólica: “Si me adoras, matando inocentes, poseerás esta tierra”. Los terroristas y los que los apoyan adoran a su diosa “patria”, por encima de la vida de personas indefensas.  

El “dinero”, otro gran mito. ¡Cuántas vidas sacrificadas para conseguirlo! “Hay que ser muy rico, porque si no tienes dinero no vales nada”. “¿Cómo se puede llevar una vida de lujo y de apoyo social, si no tienes dinero…?”. “Dinero” y “poder”, dos grandes dioses del paganismo de siempre y, marcadamente, de hoy.

El extremado culto a “Venus”. ¡Las cantidades enormes de dinero y esfuerzos que se mueven en torno al sexo…!

Divinizada es la “drogadicción”. Hay que “animarse o evadirse, porque la realidad es desalentadora”. Para ello, “¿qué mejores compañeras que las diversas drogas…, legales o ilegales?”.

Para paliar los desastres ocasionados en esta escenografía comparecen dos grandes diosas: la “tecnología” y la “ciencia”. Gracias a ellas hemos podido vencer a numerosas enfermedades, nos han permitido globalizar y comunicar el planeta entero, viajar al espacio... Las perspectivas son extraordinariamente positivas, pero los desastres que se avecinan también son realmente tenebrosos. Porque los avances en genética harán que los seres humanos sean manipulados por científicos sin escrúpulos, eligiendo cómo han de ser nuestros descendientes y eliminando a seres humanos sin contemplaciones.

Finalmente, la gran diosa es y será la “muerte”. Cuando se esté cansado de vivir y de disfrutar de la vida se podrá optar por la nada, desaparecer sin dolor de toda existencia. Así lo creen determinados filósofos, científicos y políticos, que propagan la idea de que “tras la muerte no hay nada”. Somos como los animales. Aparece así fácilmente la “eutanasia” y la mal llamada “muerte digna”.

Y ¿qué pasa con los cristianos y, entre ellos, los católicos, para que muchos nos batamos en retirada? ¿Por qué los católicos no nos movilizamos y nos dejamos comer el terreno ganado por la idolatría?

La explicación es que gracias a ese politeísmo vive la gente y se gana dinero con él. Muchos cristianos nos hemos encadenado al dinero. La verdadera religión ha quedado de adorno cultural de nuestra sociedad.

Pero Jesucristo nos dice: “quien cree en mí, yo lo resucitaré”, “yo soy la Verdad y la Vida”.

 

La última encíclica de Benedicto XVI (“Caritas in veritate”) comienza así:La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. El amor —«caritas»— es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. Cada uno encuentra su propio bien asumiendo el proyecto que Dios tiene sobre él, para realizarlo plenamente: en efecto, encuentra en dicho proyecto su verdad y, aceptando esta verdad, se hace libre”.

SOY CATÓLICO, TENGO MIEDO

 

Tengo miedo porque la sociedad que me rodea está en contra de mis creencias. Leo la prensa, veo la televisión, oigo la radio y no encuentro a Dios. Solo  medios de comunicación muy reducidos nos hablan de Dios, de Jesucristo. Sin embargo, yo puedo escribir de Dios, lo estoy haciendo en este momento. Nadie me lo impide, incluso me dan facilidades, como este periódico de información general. Pero lo verdaderamente difícil es obrar en consecuencia.

Estoy convencido de que otros católicos también tienen miedo. No se atreven a hablar de Dios y tampoco a obrar conforme a la doctrina de la Iglesia Católica: los diez mandamientos.

El otro día se debatió en el Congreso de los Diputados, una nueva Ley para admitirla a trámite, a fin de dar facilidades a las mujeres para abortar. Apareció en las pantallas de los televisores el resultado de las votaciones. Parecía una ecografía en color de lo que aparentemente opina la sociedad al respecto. Fue aprobada con el voto favorable también de católicos, algunos de ellos miedosos por el qué dirán en su partido.

Hace pocos días murió asesinado un policía con alto nivel de responsabilidad en la lucha antiterrorista. Vascos y navarros son muy católicos, tienen en su historia grandes santos. Ahora, sin embargo, se echa de menos el precepto de no matarás en la sociedad vasco-navarra.

Del terrible atentado del 11-M de los trenes de Madrid, se ha publicado recientemente un libro que plantea que la sentencia del juicio estuvo basada en un explosivo diferente al verdadero. La mayor parte de los políticos, incluyendo católicos, miran para otro lado y no piden abrir de nuevo el caso. ¿Tienen miedo?.

Cuando llega el final de la vida de muchas personas, se cuestiona qué hacer con ellas. Esas vidas se extinguen en condiciones precarias, es normal. ¿Qué hacer entonces?. La moral católica rechaza el llamado “encarnizamiento terapéutico” para prolongar artificialmente la vida, y también rechaza el acortar la vida al paciente, con el pretexto de evitar sufrimientos a él y a su familia, es decir, la eutanasia. Pero es una realidad que hay por medio católicos cobardes que consentirán la aprobación de pautas o normas para eliminar personas antes de que se produzca la muerte.

 

 

La madre

Autor: José María Sevilla Marcos, médico católico

            El hombre es vivíparo, como los animales superiores. Desde el momento de su fecundación, es decir, la penetración del espermatozoide masculino en el óvulo femenino, tiene lugar el comienzo de nuestra vida, en la trompa, anidándose después en la matriz de la madre. Aparece, pues, el hecho de la maternidad. La maternidad intrauterina, el embarazo, hasta que a los nueve meses, más o menos, nacemos, pasando a la vida extrauterina, al cuidado de la madre o de la persona que haga las veces de madre. Los que pertenecemos a la Iglesia Católica, sabemos que tenemos que nacer de nuevo. Esto ya se lo explicó Jesucristo a Nicodemo de la siguiente manera:en verdad te digo que si uno no fuere engendrado de nuevo no puede ver el reino de Dios” “quien no naciere de agua y  Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es. No te sorprendas de que te he dicho que es preciso nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va, así es todo el que ha nacido del Espíritu”(Jn 3, 3-8). Nicodemo y todos los que nos hemos enfrentado a este asunto trascendental nos hemos preguntado ¿cómo puede suceder esto? En el contexto general de las Sagradas Escrituras aparece la solución y, en particular en toda la predicación de Jesucristo sobre el Espíritu Santo y la Iglesia Universal. En el siglo XII un monje llamado Joaquín de Fiore señaló las tres etapas de la evolución trinitaria de la humanidad. La primera correspondió a Dios Padre, eligiendo al pueblo judío para ser el portador de su alianza con el hombre y para que naciera y viviera dentro de ese pueblo el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador de la humanidad; lo que aconteció en tiempos del rey Herodes el Grande y años después. Este periodo es en el que va a consistir la segunda etapa, la de la vida histórica de Jesucristo. La tercera etapa, en la que estamos, la del Espíritu Santo y la presencia de Jesucristo resucitado, es la de la fe y es cuando plenamente se tiene que desarrollar el nacer de nuevo por el agua y el Espíritu. Es el tiempo de la Iglesia fundada por Jesucristo, portadora del agua del bautismo y el viento del Espíritu que “sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va “. Es nuestra madre. Es la madre espiritual, donde encontramos cobijo y protección. Muchos de los que han nacido dentro de una familia católica se han ido separando de las prácticas religiosas. Hay una variedad de motivos, pero en general lo que les falta es fe en Jesucristo. No creen que esté vivo y próximo a nosotros, y que, por tanto, Él no puede resolver nuestros problemas de salud y de dinero, que creemos que son los fundamentales. Él pertenece al pasado, y como la Iglesia Católica gira alrededor suyo, pues todo queda para ellos en liturgia, en que debemos ser buenos y caritativos y poco más. Al fin y al cabo piensan, si estoy enfermo, ¿para qué sirven las oraciones?, tengo que correr al hospital que es donde me pueden curar, y si necesito dinero tampoco las oraciones me van a ayudar mucho. Lo malo es lo que viene después. Después del hospital ¿qué? Y después del dinero ¿qué?, ¿quién me querrá? En ese momento me doy cuenta de que estoy solo, y tengo angustia y para esta angustia no me sirven los ansiolíticos… Yo no sé lo que hará usted, pero yo le aconsejo que piense, y me reconvengo a mi mismo por lo que he hecho, pero no basta con esto, porque tenemos una solución: volver a nuestra madre y, sobre todo, a la Madre de la Iglesia Católica, a Santa María, la Madre de Jesucristo y de todos nosotros.

 

El viento del Espíritu sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va

 

Foto extraída de :https://jovenesdesanjose.org/articulo-destacado-8/la-pequenez-de-maria/